La semana pasada se habló de la alquimia como última medida ante la desesperación por la imposibilidad de encontrar métodos de extracción de oro viables. La viabilidad dependía especialmente del tiempo destinado para su aprovisionamiento, pero también de los peligros para la salud de nuestro planeta y de sus habitantes.
Las grandes cantidades requeridas del elemento para hacer frente al problema atmosférico hacían imposible lograr una solución en un intervalo de tiempo coherente y suficiente para poder salvar el destino de la Tierra sin que fuera demasiado tarde.
Así pues, esa antigua semiciencia considerada esotérica, inaccesible para la mayoría de personas y al parecer custodiada por un puñado de seguidores de doctrinas oscuras, asumió un protagonismo como alternativa para afrontar el reto del momento.
La Alquimia

La alquimia está vinculada a la transmutación de la materia. Básicamente consiste en la conversión de un elemento químico en otro. Incluye nociones de química, física, astrología, metalurgia, espiritualismo y arte.
Sin más alternativa a corto plazo, el proyecto se inclinó hacia los miembros del consejo que inicialmente habían estado más distanciados. Los masones tomaron la iniciativa al afirmar que químicamente no era imposible convertir plomo en oro. Para lograr esto, era necesario extraer tres de los 82 protones de un átomo de plomo (izquierda) y obtener un átomo de oro de 79 protones (derecha).

Desde el descubrimiento del átomo se creía que esto no era posible químicamente. Las reacciones químicas afectan tan solo a los electrones de la corteza. La transmutación implica la alteración de los núcleos atómicos, que es un proceso totalmente diferente. Para cambiar un elemento en otro hay que modificar el número de protones que hay en el núcleo, fenómeno que hasta ahora se ha considerado no factible.
Los científicos estudiaron la teoría mezclando la ciencia actual con la alquimia y dedicaron gran cantidad de tiempo y esfuerzo para encontrar la manera de obtener oro. Tras duros esfuerzos y numerosas pruebas ensayo-error, los resultados satisfactorios no llegaban.
Entonces, a raíz de estas investigaciones, surgieron dos hipótesis diferentes para la obtención de oro mediante transmutación.
Creación de oro a partir de reacciones químicas usando organismos vivos

Apareció la posibilidad de conseguir el deseado elemento a partir de compuestos con átomos de oro usando organismos vivos.
Se realizó un experimento para comprobar si el proceso natural de digestión de ciertas especies de bacterias podría provocar determinados procesos químicos que transformaran en oro algunos compuestos que contuvieran átomos de dicho metal precioso. En el experimento se comprobó que si se alimenta a la bacteria metallidurans cupriadvidus con cloruro de oro, ésta defeca partículas de este metal.
Aunque los resultados fueron sorprendentes, la extrapolación del método para ampliar la generación del metal, proyectaba un periodo de tiempo demasiado dilatado, para lograr declararlo como un sistema con viabilidad.
El descarte de la creación de oro a partir de reacciones nucleares

Paralelamente, otro grupo de científicos estaba llevando a cabo pruebas para crear oro de manera artificial con aceleradores de partículas o reactores nucleares. Además de que se lograron obtener cantidades muy pequeñas, estos métodos producen isótopos radiactivos que son extremadamente peligrosos y requieren una difícil separación para la purificación del producto. Por tanto, se concluyó que la síntesis del oro por reacción nuclear tampoco es viable.
La apuesta definitiva, más allá del horizonte terrestre

Pasados varios meses de investigación y buscando la manera de lograr cantidades de oro suficientes para la necesidad del proyecto, solamente quedó una posibilidad: la búsqueda de oro extraterrestre.
Descartadas las diferentes opciones anteriores, se confirmaba que en la Tierra no era posible conseguir lo que se pretendía. En ese momento, como si se tratase de un pensamiento colectivo, un simultáneo mutuo acuerdo global dio paso a una nueva misión: la búsqueda de oro en nuestro sistema solar. Si en la Tierra existía oro, en nuestro sistema solar también. Y por tanto, ¿por qué no en mayor cantidad? Solamente era cuestión de buscar, encontrar y lo más importante, traerlo hasta aquí.
Aquí comienza la clave de todo. Aquí comienza una nueva misión, esta vez con mejores expectativas, con más esperanza y con la fuerza de una fe ciega empujada por la desesperación y la rendición ante los decepcionantes fracasos anteriores.
La semana que viene veremos cómo la humanidad se deja llevar por el sentimiento, la intuición y el sentido de supervivencia innato. Presentaremos cómo encontrar oro saliendo al espacio y buscar en los rincones de nuestro sistema solar.
Inicialmente fueron tres lugares los que se colocaron como principales candidatos a albergar el elemento en forma sólida: el cinturón de asteroides, Júpiter y Europa.
¡Hasta la semana que viene, curiosos!
Yesu
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